lunes, 6 de julio de 2009

LAS HUELLAS DEL DELIRIO (CAPITULO CINCO-2)

ALGUNAS TENDENCIAS Y RASGOS ESTÉTICOS DE LA NOVELA DE POSGUERRA

Lo planteado hasta este momento permite adelantar una conclusión: la novela de posguerra es un fenómeno heterogéneo tanto temática como estilísticamente. En definitiva, se trata de un género que se ha visto remozado por la diversidad de propuestas estéticas y, además, con un crecimiento cuantitativo prometedor. De esto dan fe las cuarenta y una novelas registradas en el corpus elaborado en este trabajo.
A partir de este corpus es posible atreverse a sugerir por lo menos cuatro tendencias o rasgos estéticos atravesados por una vena realista. Hablamos de (1) renovación del tema histórico, (2) presencia de nuevos ambientes urbanos, (3) tema auto-biográfico de corte costumbrista e introspectivo e (4) intensificación del tiempo y el espacio.
Renovación del tema histórico
El Istmo centroamericano con sus secretos inescrutables todavía es territorio de leyenda. Territorio donde el dato histórico y la ficción casi se identifican. Por ello en el período de posguerra, liberada la palabra novelesca de antiguas ataduras, se vuelve para reconstruir la Historia. En este sentido converge con la propuesta de nueva novela histórica que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XX bajo el influjo de las tendencias posmodernas.
La nueva novela histórica se caracteriza porque no sólo se propone re-escribir la Historia; llenar los silencios y los olvidos de la historiografía, sino también porque, a diferencia de la novela histórica tradicional, cuestiona la canonización de hechos y personajes. Los hechos del pasado son para la nueva novela histórica motivos de ficción y de corrección debido a que cuenta cómo pudieron haber ocurrido. De este modo ilumina aquellos lados obscuros de la Historia en donde no llega la luz del historiógrafo.
Por otro lado, el interés por el motivo histórico se ha convertido en una tendencia regional. Grimberg-Pla (2004) señala como características fundamentales de la nueva novela histórica la distorsión consciente de la historia que supera la referencialidad; la intertextualidad y la polifonía que re-inventa el pasado en una gran metáfora (Véase también Mackenbach, s.f.b).
En El Salvador pueden considerarse como novelas iniciadoras de esta tendencia Anastasio: La rebelión de Anastasio Aquino y El Crimen del Parque Bolívar (Montejo, 1989, 1991). La primera re-inventa el escenario de lucha de Anastasio Aquino, cacique indígena y héroe del levantamiento de 1832; la segunda recrea el asesinato del presidente Manuel Enrique Araujo.
En el período que abarca esta investigación (1992-2002) se publican tres obras que pueden ubicarse dentro de la nueva novela histórica: Tierra (Lindo, 1996) Libro de los desvaríos (Castro, 1996) y Ciudad Sin Memoria (Canales, 1996). En estos proyectos narrativos, los personajes de la vida nacional comportan un simbolismo de distinto tipo dentro de los nuevos imaginarios sociales por cuanto son presentados no como construcciones idealizadas por el canon oficial sino como seres más comunes y más corrientes de lo que la memoria colectiva supone.
Las siguientes líneas van orientadas a exponer cómo estos proyectos narrativos auscultan, con un pie en la realidad y otro en la ficción, la vida de ciertos personajes históricos dándonos una visión polémica de lo que pudo haber sido su historia en la Historia, gracias a la innovación técnica, al tratamiento novedoso del material narrativo y, en el caso de Cuidad sin memoria (Canales, 1996), de la rememoración nostálgica de los actos preparatorios de la revolución desde el tiempo de la muerte de las utopías. Las primeras dos novelas deconstruyen el mito que en torno a Pedro de Alvarado y Gerardo Barrios[1] ha creado la Historia oficial y los credos liberales en la conciencia colectiva y nos los presentan más humanos, con sus carencias y sus fortalezas.
No ocurre lo mismo con Ciudad sin memoria, obra que describe, con una especie de romanticismo plano, el ambiente social y político de la década de los cincuenta idealizando la ética revolucionaria de la víspera del conflicto y el papel que jugaron los intelectuales en su desarrollo. Ciudad sin memoria recrea la vida urbana de la década de los cincuenta refiriendo acontecimientos asociados a los gobiernos militares, especialmente al de Oscar Osorio.
Tierra o la historia de Pedro de Alvarado
Tierra (Lindo, 1996) nos ofrece el panorama telúrico del paisaje y la cultura asediados y mutilados por la conquista y donde los presagios indígenas se han adelantado a los acontecimientos. Esa historia está marcada por una visión escatológica de la destrucción. Esta novela, escrita en dos partes con una distancia de aproximadamente cuatro años entre cada una de ellas, fue publicada en forma completa hasta en 1996 por la Dirección de Publicaciones e Impresos. De esta manera se comprende por qué la primera parte no tiene, estructuralmente, una relación directa con la otra sino sólo unos cuantos puntos de contacto que sirven, no obstante, para establecer un diálogo nada equitativo entre conquistadores y conquistados: la voz de los vencedores al principio, interrumpida únicamente por breves extrapolaciones y anacronismos, y la voz de los vencidos con su vida cotidiana y su irremediable aceptación de los hechos, después.
En efecto, la primera parte (Don Pedro de Alvarado va cabalgando) fue escrita entre 1985 y 1989 y publicada hasta en 1992; consta de un prólogo y setenta y tres capítulos; la segunda, Nuestro Señor de los Venados, se publica en la primera edición completa de la obra en 1996; comienza con un poema de cuarenta y un versos, seguido de treinta y siete capítulos más un epílogo donde el narrador somete a juicio la destrucción del patrimonio cultural de la raza indígena.
La obra cuenta por medio de un narrador heterodiegético, el dramático episodio de la conquista de El Salvador, hecho que lleva a un enfrentamiento entre indígenas y peninsulares; se trata de una épica grotesca en la cual Pedro de Alvarado deja estelas de muerte y desolación en todos los territorios indígenas que pisa. En México, Guatemala y El Salvador el conquistador exhibe su bestialidad al convertir los caminos en sitios de muerte. Roba. Asola ciudades y aldeas. Mata a príncipes indígenas y gente común.
Ante la gravedad de las circunstancias, el indio recure al mito y a la magia pero no hay respuesta. En esta obra el tiempo de lo maravilloso se interseca con el tiempo histórico (Fallas, s. f.): el dios Tonatiu ha llegado con sangre y dolor; el vencido no tiene más remedio que aceptar la veracidad de las profecías con respecto de los vencedores.
Ante el horror de la conquista, todo gesto de compasión es socialmente inviable. Por ello Pablo de Alcántara termina loco en una cueva y Otzilen, el brujo, antes de morir, hereda sus conocimientos a su hijo Otzilen, último gran brujo de la historia indígena, los cuales no le sirven para detener el horror y sometimiento de su gente. El último Otzilen será ya, sangre de gente vencida que llevará en sus venas el trauma del olvido y la memoria.
En Don Pedro de Alvarado va cabalgando tenemos una imagen de la historia distinta a la que nos han entregado historiadores como Santiago Ignacio Barberena[2] y Jorge Lardé y Larín con cuyos planteamientos la obra posee intertextualidad. El protagonista es un hombre de Badajoz, empleado de tienda y empedernido jugador de juegos de azar; fantaseador con el pasado de su familia; disfruta las anécdotas de muerte y victoria durante la reconquista española en la cual las cabezas de los moros volaban con todo y turbante al golpe de las espadas cristianas. De origen plebeyo, siempre quiso ser cortesano. Es un hombre desobediente, mentiroso, asesino cruel y despiadado que ríe después de dar muerte a los indios; ordena masacres y pillaje sin el menor de los escrúpulos:
…hizo ensartar en las picas a los ancianos, a las mujeres y a los niños, y sonrió sobre su obra...la escena se repitió una y otra vez. Sus acciones oscilan entre el grotesco heroísmo y el pillaje: traía dos indios y una india, más cuarenta gallinas...Guardaba para sí un caracol de oro y una máscara de turquesa y jade proveniente de un templo (Lindo, 1996: 17, 30).
Por necesidades sexuales Pedro de Alvarado toma mujer indígena y por cálculo político se casa con Doña Francisca de la Cueva, hija de un Conde con influencias en la Corte, gracias a lo cual goza de protección real; muerta Francisca, se casa con Beatriz, hermana de esta última. En ningún momento el conquistador muestra amor por sus mujeres ni por sus hijos; lo único que le satisface es el pillaje (conquista).
La muerte de Pedro de Alvarado no puedo ser menos que patética: después de emprender huida de los indios es atropellado por un caballo que se desbarranca y se lo lleva de encuentro. Pedro va a los infiernos durante cuatrocientos cuarenta y ocho años y después de arrepentirse de sus fechorías, logra el perdón gracias al ruego de sus mujeres. Aquí se evidencia el proyecto idealista del autor empírico que, no obstante su crítica política ante el saqueo y el crimen organizado que sistemáticamente echaron a andar los conquistadores sobre el suelo americano, merecen (y se ganan) el perdón.
La segunda parte de la obra, Nuestro Señor de los venados[3], pretende ser la voz del Otro. La generación Otzilen representa la voz indígena, la palabra del vencido. Otzilen abuelo es portador de una profecía nefasta; aparece brevemente en la primera parte diciendo: Yo, Otzilen, veo el aire de la mañana gris. Ya se han marchado los extranjeros más sé que volverán (Lindo, 1996: 28). Pero él y sus hijos están destinados a dar testimonio del final de los tiempos por su condición de brujos.
Azacualpa es el escenario de la mítica historia donde, además, habitó Topilzín en tiempos inmemoriales. El pueblo, poco a poco pierde su memoria histórica y sólo Otzilen tiene frescos los recuerdos que se le han heredado por medio de la tradición y la reciente conversación con Topilzín que le confiere el secreto de la venida de los Otros. Muerto Otzilen abuelo, su hijo Otzilen se convierte en heredero de la tradición. Pero los sucesos de Cuscatlán lo enferman y muere de melancolía dejándole el espejo de adivinaciones a su hijo Otzilen (Otzilen nieto). En éste culmina el proceso de adaptación de tres generaciones indígenas a las nuevas condiciones, la aceptación del Otro:
No le inquietó demasiado [a Otzilen nieto] la consumación de la conquista pues sabía de antemano que la causa india estaba consumada (así lo dijeron las estrellas) así que no lloró, en ese momento, junto a los suyos, y más bien se alegró de que concluyera la carnicería. Pero ahora lamentaba otra cosa que sus compatriotas no advertían, el progresivo sometimiento de las conciencias (Ibíd., 126)
La raza vencida cuenta a través de Otzilen su propio dolor y la diáspora que significó la conquista. Con Otzilen nieto muere la historia y la memoria se cubre de hiedra.
La obra denuncia implícitamente el saqueo que desde el período colonial se ha suscitado en los países latinoamericanos y la forma en que los poderes modernos aplastan la historia nacional y borran, lo más que se pueda, la memoria indígena. Desde esta perspectiva es una novela política.
Si bien encontramos influencia de las ideas neoplatonianas (Lara-Martínez, 1999), el proyecto desarrolla la idea del eterno retorno, el personaje cínico (el cura que se va a habitar a una cueva y convive con los animales) y la idea de la locura como forma de resistencia ante los valores de la cultura, todas típicamente nietzscheanas[4].
Las líneas entre lo real y lo imaginario son difusas en Tierra. La magia y el mito se mezclan con los horrores de la conquista que trastoca la vida cotidiana del indígena. Otzilen, personaje ficticio, no es más que la imagen de un pueblo condenado a desaparecer con todo y su patrimonio cultural. Toda tentativa de resistencia es inviable y sólo quedan ante el dolor, la locura y el aislamiento:
Eran gente absurda. Fue la mujer la que llevó a los cipotillos a las chozas de los muertos, y les enseñó a los gemelos a vestir los esqueletos... Eran absurdos, y por eso los gemelos, los cipotes de Otzilen e Ipoch, enloquecieron para siempre...Pero los demonios atacaron al cura, y a los gemelos, y no fueron, unos ni otros, astutos como los gemelos de la leyenda, sino que sucumbieron a su engaño, perdiendo, si no el alma, al menos el entendimiento (Lindo, 1996: 150-151).
La novela juega un papel político muy importante pues les confiere voz directamente a los vencidos para que cuenten su testimonio de la conquista y nos digan, a tantos años de silencio, cómo las cosas pudieron suceder; cómo, cuando Pedro de Alvarado cabalga, una estela de muerte se cierne sobre los cielos del istmo y ríos de sangre indígena corren por cuantos caminos pasan los buscadores de oro y gloria en una región donde nadie ya tiene un hermano, una hermana, un primo, un sobrino, que no haya partido para siempre con la marca infame de los esclavos (Ibíd.: 28).
[1] La tesis de López-Bernal es que sobre la figura de Gerardo Barrios ha sido construida por los apologistas del caudillo y alguna parte de los políticos y de los intelectuales de izquierda; que en realidad, Barrios hizo mucho menos de lo que se le atribuye ya que pasó buena parte del tiempo aplacando rebeliones y queriendo aniquilar adversarios. Véase, entre otros trabajos del autor mencionado, su artículo titulado Las municipalidades y la educación. Las escuelas de primeras letras a mediados del siglo XIX. Revista Cultura, No. 93, Mayo-Agosto, 2006. 12-33.
[2] En el Tomo I de la Historia de El Salvador (4ª. Edición, 1980, 217), Santiago Ignacio Barberena nos pinta una figura estilizada y piadosa de pedro de Alvarado; en ella el autor minimiza sus atrocidades y su mirada es hasta de agradecimiento hacia el conquistador. Dice en el capítulo noveno “Yo no creo que D Pedro haya sido un “ingenio divino”; tampoco “un infeliz malvado tirano”...sino uno de esos hombres chapados a la antigua que presentaban inexplicable y extraña mezcla de virtudes heroicas y de instintos brutales; profundamente piadosos y capaces de las más execrables acciones, y que en fin de cuentas se hicieron dignos de que olvidemos sus crímenes y errores, en gracia de los grandes y positivos servicios que prestaron”
[3] El venado fue un animal muy importante en la tradición indígena. Durante la guerra fue insigne el trazo estratégico de una vía segura para transportar las armas a las zonas conflictivas llamada según Eduardo Sancho la ruta del venado. Léase Crónicas entre los Espejos (Sancho, 2003). La cacería indiscriminada ha extinguido esta especie de nuestra fauna. Tierra establece una analogía entre la extinción de esta especie y la destrucción del patrimonio cultural indígena. El factor común: La cacería.
[4] En ASÍ HABLO ZARATUSTRA, Friedrich Nietzsche desarrolla la idea del eterno retorno de lo idéntico. Además léase el episodio el pasar de largo que contiene el diálogo de Zaratustra con el loco de la cueva apodado “el mono de zaratustra”.

LAS HUELLAS DEL DELIRIO (CAPITULO CINCO-1)


Se realizó una búsqueda de las novelas salvadoreñas publicadas entre 1992 y 2002. Esta búsqueda requirió una serie de estrategias tales como el conocimiento previo del investigador de algunas de las novelas; consultas informales con profesores de literatura, críticos literarios; revisión de diccionarios de autores, artículos, reseñas, referencias y ponencias sobre temas relacionados con la literatura salvadoreña y centroamericana. A partir de esta información se elaboró una base de datos sobre las novelas y se procedió a rastrearlas según autor, año y editorial responsable de la publicación. Luego de considerar completa esta base de datos se procedió a identificar físicamente las obras que no se tenían a disposición.

De acuerdo con estos criterios de búsqueda se logró establecer un corpus de cuarenta y una novelas publicadas. Se detectó, además, la importancia del proyecto editorial de CONCULTURA que a través de la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) publicó entre 1996 y 2002 doce novelas en la colección Ficciones. Otras editoriales que han hecho una significativa contribución a la difusión del género novelístico son Arcoiris (cinco novelas), Clásicos Roxsil (cuatro novelas) y UCA Editores (tres novelas). Del mismo modo, se detectaron algunas publicaciones sin editorial.
Este corpus novelístico se destaca por su variedad temática y su forma de recrear la realidad salvadoreña de la posguerra. Así como se enfatiza el erotismo, la ironía, la violencia y el desencanto, se encuentran temas que dan continuidad a la tradición intimista impregnada de romanticismo tardío que nos muestra personajes golpeados por la soledad y la destrucción del idilio. La obra de Martínez (1995, 1998, 2000) da cuenta de esto último. En esta misma lógica pero con erotismo superficial y una visión carnavalesca de la sociedad de posguerra, los personajes de Raudales (1996, 1997) construyen un mundo donde el sexo, el amor interesado y la seducción lo puede todo.

Por otra parte, algunos autores (Ruiz, 1993, 1995; Chávez-Velasco, 2002) plantean una trama en la que el idilio es súbitamente destruido por la muerte; describen asimismo la vida de las clases media y alta que también sufren los efectos devastadores del conflicto armado y están marcadas por la violencia y el desarraigo. Por su parte, Valle (1995) recrea un diálogo entre la muerte y la montaña agonizante por la contaminación ambiental y pobreza de sus pobladores.

En Los Héroes Tienen Sueño y De vez en cuando la muerte (Menjívar, 1998, 1999) se ausculta el mundo del crimen y se construyen historias de amor, sexo, infidelidad y muerte, al mejor estilo de la novela negra. En El canto aún cantado (Lindo, 1999) se cuenta la historia del Rey Salomón, con sus mujeres, sus crímenes y su sabiduría. Por otro lado Lujuria Tropical (Quijada, 1996), con una técnica neobarroca, desarrolla un diálogo entre la alta cultura y la cultura popular (Lara-Martínez, 1999); esta novela cuenta la historia de Lulú, cuya vida se codea con la de auténticos criminales, dictadores y narcotraficantes en un mundo de apariencias donde lo único real es su cuerpo como objeto de deseo.

Sin duda el escritor que hace de la violencia su máximo material narrativo y se convierte en el más fecundo novelista de la posguerra es Horacio Castellanos Moya (1996, 1997, 2000, 2001); su escenario predilecto es el de los desclasados y desagregados sociales cuya vocación criminal es alentada por las condiciones de la sociedad de posguerra. Sus personajes han surgido de la guerra y a lo largo y ancho de su recorrido vital dejan marcas de la escuela de la guerra.

Este mosaico novelístico apenas insinuado está construido por escritores de diversas generaciones, y tendencias estéticas; diferentes visiones de la realidad, estilos particulares y, especialmente, una experiencia vital asociada con el exilio, la guerra, la militancia, la nostalgia y el asombro ante el crecimiento desmedido de la vida urbana y sus distorsiones. También, hay que decirlo, dichas tendencias están entroncadas con el devenir de la ficción novelesca hispanoamericana en general pero filtrada por la historia nacional.

La tabla uno muestra las cuarenta y una novelas publicadas entre 1992 y 2002. Dichas novelas aparecen ordenadas por año de publicación. En la columna izquierda aparece el titulo de la novela. En la columna derecha el año de publicación. Las dos columnas del centro muestran el nombre completo del autor tal como aparece en la obra y la editorial responsable de la publicación. Las dos novelas de Mario Bencastro (asteriscos) fueron publicadas primero en los Estados Unidos y luego traducidas y publicadas en El Salvador.

Los apartados anteriores constituyen sólo breves reseñas de algunas novelas publicadas en el período de posguerra. A pesar que el corpus novelístico es mucho más amplio, los estudios que se han realizado de este género son escasos y no pueden considerarse concluyentes por varias razones. Entre estas razones tenemos el hecho de que varios de los estudios toman una muestra limitada de obras y no consideran todo el corpus novelístico de la posguerra; se eligen obras identificadas con determinada línea estética para justificar una tesis y no se cuenta con un marco teórico-sociológico que sugiera las relaciones entre el texto y el contexto. A ello se agrega el aparente desconocimiento de la crítica de un grupo relativamente amplio de obras con una temática heterogénea. Por lo tanto, de estos estudios no es posible hacer generalizaciones válidas.

Un especto de relevancia es que nos encontramos con una ficción novelesca que, tomada en conjunto, nos sitúa en el contexto de ese Gran Diálogo sobre las identidadades. Esto quiere decir que la novela salvadoreña de posguerra incorpora esa plurivocidad/heterogeneidad del Ser Salvadoreño y del (Ser Latinoamericano) en una época en que otros discursos pierden fuerza unificadora. En este sentido Valiente (citado en Aínsa, 2005) señala que lo que buena parte de lo que se entiende hoy por identidad cultural latinoamericana se ha definido gracias a la narrativa que es ahora el género de la emancipación. Y esto es posible gracias a que

En la ficción se condensan y se cristalizan los arquetipos, símbolos e indicios de la especificidad del continente con una variedad y polisemia mayores que la de otros discursos…Gracias al esfuerzo de condensación imaginativa que propicia la ficción, algunas novelas pueden llegar a presentarse como la esencia de una cultura definiendo lo que puede ser una “visión integral”, individual, local, regional, nacional o continental de lo americano…[por el] poder evocador de una imagen o la sugerencia de una metáfora (Aínsa, 2005:7)
Los límites de este trabajo no nos permiten referirnos más pormenorizadamente a estas novelas ni a otras que no hemos mencionado en las reseñas. En otros esfuerzos de investigación presentaremos un análisis más detenido e incluyente.

[1] Incluimos a este autor hondureño porque su obra se publicó en El Salvador por la DIP.

LAS HUELLAS DEL DELIRIO (CAPITULO CUATRO)


Entre los estudios canónicos sobre la novela salvadoreña se destacan los realizados por Hugo Lindo (1948, 1960) y Luis Gallegos Valdés (1965, 1975, 1990, 1996). El primero publica dos artículos: Académicos en las letras salvadoreñas (1948), apuntes biográficos de cuarenta y seis autores de entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX en los que da noticia de algunos escritores de novela. En otro artículo titulado exigüidad de la novela salvadoreña (1960) trata los problemas relacionados con la escritura y publicación de novelas. Éste es un intento del autor salvadoreño por sistematizar algunos problemas relacionados con el género, su estatuto entre otros saberes y las limitantes que ya en la década de los cincuenta afrontaba.
Gallegos-Valdés (1965) publica poesía, novela y cuento en Centroamérica, un breve panorama de libros publicados en cada país en 1965. Diez años después publica Claude Roy y su apología de la novela (Gallegos-Valdés, 1975), artículo en donde expone su concepción del género y la amplia recepción de la novela en el contexto de la literatura universal de la década de los setenta. Panorama de la Literatura Salvadoreña (Gallegos-Valdés, 1996) es un estudio que incluye casi todos los géneros cultivados en El Salvador desde la época prehispánica. El valor y la calidad de este libro lo han convertido en un clásico de la historiografía literaria salvadoreña. Letras de Centroamericanas (Gallegos-Valdés, 1990) es un libro póstumo con el que parece culminar el proyecto regional de crítica e historiografía literarias en el cual el autor empeñó su últimos años.
Es importante referirse, aunque de manera breve, a los trabajos de estos críticos porque constituyen las bases de la historiografía y la crítica de la novela en El Salvador, así como de la comprensión del contexto en el que se ha desarrollado el género como práctica escritural.
En La exigüidad de la novela salvadoreña, Lindo (1960) problematiza la escasa producción novelística en El Salvador y las causas de su exigua recepción. Para esa época el autor se queja de la escasez de novelas, los problemas de producción, circulación y promoción de la novela debido a factores sociales, históricos, sicológicos, culturales y económicos. Aunque el autor no profundiza en el tema pues, lo advierte, se trata de un conjunto de anotaciones y cavilaciones sobre la novela en El Salvador, un aspecto importante es la preocupación por el estatuto de la novela entre las demás expresiones de la cultura y la necesidad de crear políticas editoriales y educativas que instauren el valor de la lectura. En cuanto a su concepción del género, dos aspectos relevantes se advierten: la superación del concepto tradicional de novela como entretenimiento y la influencia de las nuevas corrientes estético-narrativas alternativas a la tradición realista-costumbrista. De hecho, su visión de la novela como espacio telúrico y registro de la realidad social, también se extiende a la noción de época:
La importancia de la novela es enorme. No se trata, en los tiempos actuales, de un mero entretenimiento para ociosos. En la novela se recogen, quiérase o no, las modalidades e inquietudes de una sociedad, de una época (...) En la novela están el vestuario y el lenguaje, la preocupación sicológica, la enfermedad, todo el inmenso cruce de fuerzas que hacen de una sociedad, en un momento dado, lo que es y no otra cosa. Aun la novela menos documental es un documento (Lindo, 1960, 10)
Este concepto bastante moderno se comprende al tener en cuenta la renovación técnica y temática que ya este autor anticipa en la novelística salvadoreña y que va a tener su máxima expresión en la década de los setenta, decantando en una relativa pluralidad de modelos estéticos, riqueza temática y expresión artísticamente elaborada de los profundos cambios económicos, sociales y políticos del país.
Cinco años después, Gallegos-Valdés (1965) confirma la preocupación de Lindo sobre la exigüidad de la novela; pero agrega el problema de los nacionalismos y la impostergable necesidad de estudios regionales a fin de que Centroamérica conquiste su destino histórico ya previsto por Bolívar en su Carta de Jamaica al llamar al istmo centroamericano el emporio del universo. Para esta época ya se ven los efectos de las instituciones culturales a las cuales el autor les atribuye un aporte a la renovación académica e intelectual. En Claude Roy y su apología de la novela, Gallegos-Valdés (1975) comenta un ensayo del francés Claude Roy (Defensa de la literatura); expone sus ideas sobre la novela que para Gallegos-Valdés es el género cumbre de nuestra época y artículo de consumo en las sociedades modernas. Este trabajo nos remite a algunos parámetros teóricos y estéticos de la novelística salvadoreña de los setenta y la decisiva influencia de las metrópolis culturales en la educación artística de las periferias, así como las incipientes formas de resistencia perfiladas en un nacionalismo contestatario o en un regionalismo superficial.
En este estado de cosas, Gallegos-Valdés lleva a cabo un proyecto crítico-historiográfico de estudio general, panorámico de la literatura salvadoreña convirtiéndose en el más conocido historiógrafo de la literatura nacional al recorrer desde la época prehispánica hasta el escenario de la víspera de la guerra (1980). En efecto, su Panorama de la Literatura Salvadoreña (1996) abarca casi todos los géneros literarios y algunos no-literarios registrando abundantes datos y detalles de autores y obras. El capítulo XXX de Panorama de la Literatura Salvadoreña titulado La novela, sistematiza reseñas y comentarios sobre los novelistas salvadoreños; al mismo tiempo ubica el origen del género en 1880 con la publicación de Las Ruinas (1880) de F. Alfredo Alvarado, novela histórica que, según el crítico, cuenta los acontecimientos asociados al terremoto que asoló la ciudad de San Salvador por esos años.
Otras novelas del siglo XIX anotadas son las aventuras del gran Morajúa y los apuros de un francés (1896) de Hermógenes Alvarado, novela que ridiculiza algunas costumbres citadinas del siglo XIX y pone en evidencia el dialogo entre la metrópoli cultural (Francia, el viejo continente) y la periferia (El Salvador); El crimen de un rábula (1899) de Adrián Meléndez Arévalo es novela histórica nacional. Inician el Siglo XX dos novelas: Roca – Celis (1906-1908) de Manuel Delgado y Cosas del Terruño (1908), una novela nacional de Miguel Escamilla.
Tanto los trabajos de Lindo (1948, 1960) y Gallegos Valdés (1965, 1975, 1990, 1996) contribuyen de manera especial al estudio y comprensión de la novelística salvadoreña en su íntima vinculación con la búsqueda de un sentido de lo nacional por medio de la presencia obsesiva del paisaje (terruño) y el profundo lirismo de la ficción novelesca de estas décadas. Por ello, Lindo y Gallegos-Valdés pueden considerarse como de los primeros críticos de la novela salvadoreña; aquél, mediante sus apuntes sobre diversidad de temas, entre ellos la novela y su misma práctica como novelista. Éste, más ejercitado en la crítica, aunque influenciado por el preciosismo historiográfico, establece una ruptura en el espacio crítico-literario cuya mundividencia extranjerizante, para decirlo en las palabras de Lindo, contagia a los pocos críticos que miran hacia los Clásicos Universales e Hispanoamericanos.
Estos estudios corroboran el estatus marginal de la novela salvadoreña entre los demás géneros. Hasta la década de los ochenta, a pesar del optimismo de Gallegos-Valdés y por cuestionables que parezcan las causas que plantea Lindo, especialmente aquéllas que se refieren a razones de temperamento, ubicación geográfica y tradición artística, el espacio literario está dominado por la poesía y el cuento. La poesía mereció largos estudios historiográficos y significativos espacios en la vida cultural del país[1]; del cuento se publicaron varias antologías, prologadas y preparadas por académicos respetables.
A nivel regional las conclusiones no son muy diferentes. Los estudios de novela centroamericana realizados por Acevedo (1982) confirman el carácter bastante intermitente y anacrónico de las tradiciones literarias. Acevedo hace un recorrido histórico-crítico desde los gérmenes populvuheanos de la novela hasta 1940; da cuenta de los movimientos y tendencias literarias que han determinado la actividad novelística del istmo. Sugiere que en El Salvador, la novela tuvo un desarrollo tardío y nació bajo el signo del criollismo y del costumbrismo, siendo con Salarrué y Ramón González Montalvo que se puede hablar de la novela salvadoreña como Género. De hecho, en su estudio sólo toma las novelas El Cristo Negro, El Señor de la Burbuja, Íngrimo (Salarrué, 1927,1970); Las tinajas y Barbasco de González-Montalvo, autores que representan una tradición fundada en la vida del campo.
La crítica de la novela de posguerra
Se puede decir que hasta 1980 la novela salvadoreña se desarrolla bajo el influjo del costumbrismo (o criollismo), el realismo, el modernismo y la vanguardia que en la novela aparece con Claribel Alegría, Roque Dalton y Manlio Argueta, entre otros. Estos autores proponen una importante renovación técnica y temática, así como una postura política de carácter contestatario y de denuncia ante la difícil situación del país.
La ruptura histórica que el período de la guerra supone, también marca a nivel literario el desarrollo de otro género relativamente nuevo en El Salvador. En efecto, la literatura testimonial que surge en la década de los setenta, por razones explicadas ya en algunos trabajos (Véase Cortez, 1999), se convierte en la práctica escritural típica de la actividad político-cultural de denuncia y representación de la voz del subalterno lo cual opaca aún más la palabra novelesca del espacio literario. En este período una parte de la escasa crítica vuelve su mirada hacia la literatura de compromiso (el testimonio por ejemplo) de tal forma que se da mayor atención el texto militante de los mentores artísticos de la utopía revolucionaria. Otra parte promueve y defiende la novela que viene de los círculos oficiales más ligados a la derecha.
No obstante, a la sombra de estos extremos se desarrollan otras líneas narrativas marginales que no llaman la atención de los estudiosos de la literatura salvadoreña. Esta heterogeneidad del discurso literario se hace más evidente a partir de los Acuerdos de Paz (1992) que ponen fin, de cierto modo, a la censura de la palabra novelesca.
Efectivamente, en el período de posguerra se transforma el estatus de la ficción. La novela se mueve del margen al centro y se empieza a hablar de su aporte a la invención de una nueva identidad nacional (Roque-Baldovinos, 1999, 2004). Por otro lado, hay un desarrollo cuantitativo de la novelística, al mismo tiempo que se produce una eclosión de la labor crítica que propicia mayor acceso a estudios de gran relevancia (aunque en el contexto de la crítica centroamericana, la literatura salvadoreña sigue ocupando un espacio marginal). En los estudios críticos referidos a la narrativa salvadoreña en el período de posguerra ha tomado fuerza el debate sobre las características de la ficción, los criterios de clasificación de la novela, el carácter polifónico del discurso novelesco, la relación entre ficción e identidad nacional y el problema de la construcción del sujeto.
Este nuevo punto de vista de la crítica se ha proyectado, no obstante, sobre una parte del corpus textual. Por lo tanto no necesariamente expresa la heterogeneidad del imaginario estético en la posguerra ni explica satisfactoriamente, a nuestro juicio, la forma en que se intersecan diversas tradiciones estéticas. Consideramos que es necesario elaborar un registro completo del corpus de novelas del período en mención y hacer un trabajo comparativo sistemático para dar cuenta de la novela de posguerra.
Gran parte de la labor crítica la desarrollan estudiosos de otros países e intelectuales salvadoreños radicados permanente o transitoriamente en el extranjero. Los trabajos críticos desde El Salvador, aunque escasos, dan sin embargo, un aporte valioso al diálogo que busca profundizar el conocimiento de la literatura salvadoreña. Sin haber agotado seguramente la búsqueda, se ofrece aquí una breve reseña de los principales trabajos críticos relacionados con la novela salvadoreña en el período de posguerra.
En este conjunto bastante significativo de estudios sobre la novela salvadoreña pueden mencionarse los publicados en portales electrónicos y revistas, así como algunos libros de ensayos publicados en el país. Se destacan los trabajos que aparecen en ISTMO, revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos fundada en 2001 (Costa Rica) con el apoyo de The College of Wooster y Denison University, Ohio. Entre enero de 2001 y diciembre de 2004 había completado unas diez publicaciones en las cuales aparecen artículos y ensayos de algunas novelas salvadoreñas. Las revistas impresas salvadoreñas Cultura y ECA así como los diferentes congresos nacionales e internacionales sobre historia y literatura son también importantes fuentes de consulta.
Destacan los artículos El desencanto de Jacinta Escudos y la búsqueda fallida del placer (Cortez, s.f.b) reseña que interpreta la novela El Desencanto (Escudos, 2001) como un proyecto narrativo que impugna la construcción del placer desde la subjetividad masculina por medio de un recorrido antierótico y, finalmente, fracasado de la protagonista; y La ficción salvadoreña de fin de siglo: un espacio de reflexión sobre la realidad nacional (Cortez, 1999), ensayo de la narrativa salvadoreña que nos da un panorama sobre los dilemas de la teoría del testimonio en la posguerra y la forma en que el discurso narrativo se ha transformado. Este artículo toma entre los textos de estudio las novelas Baile con serpientes (Castellanos-Moya, 1996), Los héroes tienen sueño (Menjívar, 1998) y Libro de los desvaríos (Castro, 1996)[2].
En el primero, Cortez ve, en lo esencial, un proceso descentralizador en tanto que el centro como espacio indeseable no propicia el disfrute ni el placer por la hegemonía de la normas; el personaje se mueve hacia la periferia para experimentarlo libremente. En el segundo texto observa un proceso de desubjetivación crítica como forma de resistencia al lazo pasional que une al individuo con las normas; de libro de los desvaríos la autora señala la transferencia que se produce de la historia a la ficción para representar el proyecto neoliberal como un proyecto poco inclusivo, reafirmante del papel marginal de la mujer (véase también el ensayo de la autora titulado El papel de la historia y de la ficción en la construcción de una versión masculina de la identidad Nacional[3]).
En Estética del cinismo: la ficción centroamericana de posguerra Cortez (2000) intenta caracterizar la narrativa centroamericana actual con una propuesta que podría orientar el estudio de la ficción novelesca. Pese a que en este trabajo la autora hace un estudio comparativo de obras centroamericanas en las cuales sólo ha tomado entre la muestra tres cuentos de escritores salvadoreños, no puede abordarse la novela actual sin tenerlo presente debido a sus presupuestos teóricos.
Por otra parte, sobre libro de los desvaríos (Castro, 1996) encontramos otros estudios críticos como el de Molina (1997) titulado Novela, arraigo y Nihilismo cuya propuesta de análisis se basa en una mirada a la ficción desde una premisa filosófica abocada a los conceptos tradicionales de literatura e identidad nacional; en este artículo el autor expone que
el elemento más criticable [de la obra] es la continua referencia a los acontecimientos europeos que no dejan de sentirse ajenos a lo salvadoreño [por lo tanto]... Más que decirnos lo que de Barrios tenemos, se nos invita a descubrir lo que nunca hemos sido (Molina, 1997: 167, 168).
También, libro de los desvaríos ha merecido la crítica de Lara-Martínez (1999) cuyas conclusiones refieren a una recuperación de los fundamentos liberales, laicos de la nación salvadoreña y a un proyecto narrativo que inicia la tentativa de definir la conciencia mestiza liberal por medio del saber sobre ese otro mundo llamado Europa.
Por otro lado, en el artículo, La novela “Tierra” de Ricardo Lindo, una nueva Crónica de Indias, Fallas (s.f.) analiza la forma en que se entroncan la historia y la ficción, así como los tiempos indígena y español en la novela Tierra (Lindo, 1996) en donde el tiempo y el espacio tienen una relación intrincada configurándose una plurivocidad y un dialogismo que permiten varias perspectivas de los hechos. Fallas encuentra en la obra una propuesta narrativa de creación de un relato verosímil de la conquista de El Salvador y de un retrato más acabado y más cercano de Pedro de Alvarado por medio de un narrador que se transmuta. A este respecto Mackenbach (s.f.b) en su estudio titulado La nueva novela histórica en Nicaragua y Centroamérica, en breve alusión a Tierra encuentra un rasgo de inverosimilitud, una ficción no y hasta anti-mimética, así como una suspensión de los límites entre ficción y realidad/historia y el abandono definitivo de una verdad histórica. También Lara-Martínez (1999) analiza el contenido de esta novela, concluyendo que se trata de un proyecto narrativo entroncado entre el panteísmo sefardita y el animismo maya-pipil matizado con la filosofía neoplatónica en un estilo lezamaneano.
En Desencuentros en Sociología Estética: Francisco Andrés Escobar, Centroamérica y el centroamericanismo Lara-Martínez, (s.f.) analiza una de las novelas más experimentales del período en estudio; se trata de La Lira, la Cruz y la Sombra (Escobar, 2001). El crítico ve en esta obra una revelación de la función social insospechada que recubre la poesía de Espino[4] y un elemento de identidad a pesar de la marginación que ha tenido su poesía entre los estudiosos centroamericanistas.
Por otra parte Hernández (1995a) en su artículo, El Salvador: literatura y exilio analiza cómo en las últimas obras de Manlio Argueta continúa vigente el vínculo entre la temática del exilio y el contexto social de violencia política en El Salvador (1980-1992), así como la tradición dictatorial en el país. Se refiere a Argueta como el más universal de los escritores salvadoreños con una narrativa, ética, estética, y vivencialmente equilibrada que sintetiza el tiempo y el espacio salvadoreños de la segunda mitad del siglo XX lo cual inaugura una nueva categoría de forma y contenido en la literatura nacional.
En otro de sus ensayos (Novelística de Manlio Argueta), Hernández (1995b) sostiene que la narrativa argueteana se caracteriza por una continuidad cualitativa en espiral ascendente que tiene en la continuidad político-social su mejor referente, aspecto que no impide la atmósfera mítica del relato; o sea, la intertextualidad con el realismo mágico-maravilloso cuyo centro gravitacional es el barrio pobre. Estos planteamientos los pretende demostrar en su análisis de la novela de Argueta Milagro de la Paz (1995).
Hernández identifica a la mujer como protagonista principal de la trama de esta novela. Hace alusión a los simbolismos de la obra, tanto femeninos como masculinos: el volcán tiene un poder curativo y reproductivo; las estrellas y las flores son la ternura y el sentimiento. El crítico sugiere que la obra tiene un final amplio e incierto; atribuye este rasgo como distintivo de la ficción en el período de posguerra.
En otro ensayo titulado Siglo de O(g)ro de Manlio Argueta, bio-novela, literatura y testimonio, Hernández (2001) ve en la novela Siglo de O(g)ro (Argueta, 1997) un juego intertextual que supera las fronteras tradicionales de los géneros y una continuidad del proyecto narrativo argueteano afincado en el mito y en la cultura popular indígena; a juicio de Hernández con ello alcanza una dimensión restablecedora de la memoria nacional reprimida que se dota de una nueva función terapéutica ya que en la reconstrucción de figuras o relatos mitológicos, se produce un excedente dotador de identidades; un caudaloso potencial poético.
Por otra parte, un artículo publicado por Molina (1998) titulado Crítica literaria y crítica de la realidad se analiza la novela El Asco. Thomas Bernhard en San Salvador (Castellanos-Moya, 1997). Aquí Molina compara esta novela con la obra poética de Roque Dalton partiendo de que a la ficción se le impone, como deber, una crítica propositiva que no está presente en la obra de Castellanos Moya porque la crítica de Vega (personaje de El asco) es extremista: se trata de un mediocre como crítico de la realidad que falla justo en el aspecto central: la presunta racionalidad y objetividad de su crítica. Molina concluye que en El Asco. Thomas Bernhard en San Salvador (en adelante El asco) no hay una crítica de lo real en tanto está ausente una propuesta de transformación; por lo tanto, se convierte en auténtico nihilismo y toda literatura que no sea fiel a la realidad no sirve para nada.
Esta propuesta funcionalista que de la literatura asume Molina (1998) nos remite a los viejos paradigmas sobre la relación literatura y realidad con los cuales se perspectivizó la crítica y la misma creación literaria en la década de los ochenta. También el hecho de atribuirle un carácter propositivo a la ficción tiene que ver con el enfoque utopista del hacer literario, más en la línea del ahora cuestionado canon testimonial. Habría que preguntarse si la ficción literaria debe ser, necesariamente, una reconstrucción utópica de la realidad.
Por otra, parte hay trabajos de crítica comparada que interesa destacar. Varios de ellos han tomado del corpus novelístico centroamericano algunas novelas salvadoreñas; otros seleccionan cuentos de autores salvadoreños. También hay estudios que sin referirse propiamente a novelas salvadoreñas, elaboran interesantes propuestas teóricas sobre la literatura centroamericana actual. Entre los trabajos considerados más completos por cuanto buscan una comprensión general de la ficción centroamericana en el período de posguerra tomando la experiencia escritural salvadoreña, se podrían mencionar algunos de la ya citada Cortez y otros ensayos de Sheila Candelario y Alexandra Ortiz Wallner que retomaremos adelante.
En El Salvador, los más destacados críticos son Ricardo Roque Baldovinos quien ha publicado varios ensayos que si bien, no se refieren específicamente a la novela, problematizan de manera consistente la ficción en el nuevo espacio cultural salvadoreño en artículos aparecidos en varias revistas y en su libro de ensayos (Roque-Baldovinos, 2001).
Sin duda es Rafael Lara Martínez quien marca un hito en la crítica de la novela salvadoreña actual estudiando, desde los novelistas canónicos, hasta los que ocupan ese otro margen creado a partir del olvido por la crítica, de una importante producción novelística. Su enfoque crítico-antropológico parte de una oposición entre el testimonio como experiencia escritural fundante del mito guerrillero y la novela que se ha deslindado como género autónomo e iconoclasta.
Por su parte, el crítico alemán Werner Mackenbach ha escrito varios ensayos cuyo carácter polémico nos interesa particularmente[5].
Proponemos una reseña de estos estudios críticos para dar una idea general del estado de la cuestión sobre la crítica de la novela salvadoreña del período de posguerra.
Los ensayos La Ficción salvadoreña de fin de siglo: Un espacio de reflexión sobre la realidad nacional; Estética del cinismo: la ficción centroamericana de posguerra; y La estética pasional en la poesía de Roque Dalton, Roger Lindo y Miguel Huezo Mixto (Cortez, 1999, 2000, 2004) constituyen un acercamiento importante a la literatura salvadoreña.
En el primero, como se ha mencionado anteriormente, Cortez aborda la ficción narrativa en una doble perspectiva: como un proyecto descentralizador que sugiere que en algunos textos hay un tránsito del centro a la periferia y como un proceso de desubjetivación crítica del sujeto que se afirma sujetándose a las normas o mediante la destrucción del cuerpo. En su segundo ensayo, partiendo de los textos prohibido vivir de Salvador Canjura, Indolencia de Horacio Castellanos Moya, Vaca de Claudia Hernández y ningún lugar es sagrado del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, desarrolla la idea de una estética del cinismo en donde expone que dichos textos exploran los deseos más oscuros del individuo, sus pasiones, su desencanto causado por la pérdida de los proyectos utópicos que antes dieron sentido a su vida y su interacción con un mundo de violencia y caos.
Cortez (2000) sugiere que la ficción de posguerra está marcada por una agenda del cinismo que se opone al pesimismo y que permite comprender cómo la ficción explora la intimidad y la negociación de la subjetividad en el espacio urbano; defiende la tesis que es la pasión la que mueve al individuo más allá de la razón o de su consideración de los valores morales de cualquier tipo y que es en la anonimidad en donde el individuo puede negociar con algunos valores y experimentar la pasión como una forma de darle sentido a una vida desencantada en una sociedad caracterizada por la rigidez. Su tesis es que la posguerra en Centroamérica es un momento de desencanto, pero es también una oportunidad para explorar la representación contemporánea de la intimidad y de la construcción de la subjetividad en la producción de ficción.
Esta tesis ilustra un nuevo tipo de personajes en la narrativa que podríamos llamar personajes de la pasión y del desencanto ya que para Cortez (2000) es precisamente en estas dimensiones en donde se mueven los héroes o antihéroes de la ficción cuyas búsquedas en la ciudad como microuniverso también sugieren una problematización del concepto de identidad nacional.
En el último de sus ensayos mencionados en estos párrafos Cortez (2004) sustituye el concepto de estética del cinismo por el de estética de la pasión y mediante el análisis de algunas muestras poéticas de los autores que alude, pretende demostrar que la pasión es el motivo fundamental que ha permitido a éstos elaborar sus agendas y al mismo tiempo transitar entre la memoria y el olvido como estrategias de creación poética. Esta agenda del cinismo-dice la autora- es una fuerza demoledora y a la vez edificante, es un medio para sobreponerse al pesimismo agobiante de un mundo marcado por el desencanto (Cortez, 2004).
En términos generales el pensamiento crítico de Cortez con respecto a la narrativa de posguerra tiene como hilo conductor la idea de la pasión como horizonte que domina a los personajes y la fuga hacia el margen como forma de impugnación del centro indeseable. De ser correcta su tesis estaríamos ante una especie de restitución y reelaboración de motivos románticos como centro gravitacional de la ficción en el período de posguerra. Sin embargo, tendría que verse si tal propuesta se ajusta a las características de las nuevas prácticas escriturales de El Salvador y, en general, en la ficción centroamericana en el período de posguerra.
Por su parte Candelario (s.f.) en su ensayo Violencia, globalización y literatura: o el dilema del eterno retorno en El Salvador ha estudiado algunos textos novelescos desde la visión nietzscheana del eterno retorno de lo mismo. Analiza las estrategias discursivas de las obras El arma en el hombre (Castellanos-Moya, 2001), Instrucciones para vivir sin piel (Menjívar, s.f.), y mediodía sin frontera (Hernández, 2002). Desde su punto vista los personajes de la ficción están más cerca de un existencialismo, situados como centro y objeto de una colisión entre el pasado y el presente.
Candelario (s.f.) concluye que en estas obras subyace una inaccesibilidad a los múltiples espacios estructural-culturales cuyo movimiento vertiginoso, lenguaje y formas se tornan irrepresentables, inalcanzables ante el imaginario de su creador, produciéndose entonces una distancia intersecada por los medios de comunicación masiva, la ironía (relativismo mónada según la autora) y la transmutación de la violencia cuyo destinatario es el cuerpo. En efecto, Candelario ve el cuerpo como espacio, esencia y conducto de toda manifestación de violencia en la sociedad posguerra:
En la literatura examinada se descubre el movimiento circular de la violencia como esencia suspendida en el vacío de su autoconciencia histórica, tal y como Nietzsche imagina al sujeto desprovisto de toda memoria y voluntad en el acto de su eterna recurrencia aunque esta le sea revelada. La violencia como un ente, develada como esencia, asume sus diversas identidades dentro de circunstancias históricas variables, en infinitas manifestaciones desde un presente preñado de pasados que se repiten infinitamente sin pretender un futuro aunque se anhele (Candelario, s. f.).
Podemos entender de su ensayo que la narrativa actual expresa la violencia como constante histórica que está íntimamente ligada a los procesos sociales y políticos; a la cultura de represión y miedo que ha caracterizado el devenir de la nación salvadoreña y que en los tiempos de paz sigue como el epicentro de la sociedad y cotidianidad de posguerra.
Ortiz-Wallner (s.f.), por su lado, en su ensayo Transiciones democráticas/transiciones literarias. Sobre la novela Centroamericana de posguerra sostiene que en la etapa posbélica el discurso de la democratización se convierte en un espacio de transición histórica, el principal, dentro de los espacios discursivos que se han ido construyendo simultáneamente. En oposición a este discurso, encontramos, según la autora, el discurso contestatario.
Ortiz-Wallner (s.f.) sugiere que la posguerra abre un proceso de transición literaria en los países que vivieron un conflicto armado; proceso que tiene continuidades y rupturas, oponiéndose a la tradición del testimonio. Esta autora analiza tres novelas de autores centroamericanos entre las cuales está Baile con Serpientes de Castellanos-Moya (1996). En su ensayo Ortiz-Wallner (s.f.) explica cómo el recorrido de Eduardo Sosa (personaje principal de la novela) se vive tanto en las calles de la ciudad como en el mundo interior del personaje transmutado, disuelto en el espacio del otro asaltado previamente. Para esta crítica la acción y el recorrido de los personajes se localiza en la ciudad en donde el miasma del conflicto bélico todavía es un fresco patético de la violencia. Destaca que como parte del proceso literario inaugurado en la posguerra el discurso literario se ve trastocado.
Ricardo Roque Baldovinos (1999, 2000, 2004) ha hecho una permanente labor crítica en el país. No obstante que sus temas de interés sean los relacionados con la literatura salvadoreña del siglo XIX y otros escritores paradigmáticos del XX, ha publicado varios artículos en donde reflexiona acerca de la ficción salvadoreña y su relación con los procesos sociales.
Quizás los más destacados de sus artículos que nos son pertinentes sean Reconsiderando la literatura testimonial y El derecho a la ficción. En el primero expone como tesis central el dilema del testimonio frente a las imposiciones extraliterarias y las convenciones artísticas en un contexto en el cual los Acuerdos de Paz han transformado el horizonte de recepción de la literatura. Roque-Baldovinos acuña su tesis con el análisis de la novela No me agarran viva. La mujer salvadoreña en la lucha (Alegría, 1883). Aquí Roque-Baldovinos (1999) sostiene que el discurso testimonial convencional se ha debilitado ante la nueva generación de lectores que viven otra etapa de la historia del país.
En su segundo artículo Roque Baldovinos (2000) expone la relación entre literatura e identidad. Propone la noción de identidad como ficción, como un metarrelato a través del cual, en un permanente diálogo de ficciones, se crea y se recrea la nación. Para el crítico la nación se inventa como un decantado de historias y memorias, de dominación y resistencia, de opresión y liberación. En esta re-invención, los géneros narrativos como parte del espacio literario juegan un papel importante por ser la práctica social que eleva esta realidad a un mayor grado de elaboración, complejidad y prospección.
Refiriéndose al espacio literario actual, el crítico nostalgia el componente utópico de la literatura y lamenta que, en medio de tanta publicidad y estereotipias sobre la identidad, la ficción literaria salvadoreña actual comporte una pobre exploración de los sentidos debido al ensimismamiento del escritor; en algunos casos, un realismo mecánico-descriptivo que no trasciende de mera representación social. Acusa una falta de elaboración artística del material social[6].
Lara-Martínez (1999) realiza un trabajo de crítica permanente de la literatura nacional. Sus ensayos recorren varios géneros literarios y su citado libro de ensayos nos propone un recorrido por la poética de Roque Dalton, Alfonso Hernández, Amada Libertad y otros mártires guerrilleros así como de las novelas marginadas de Yolanda C. Martínez. En este libro el autor critica no sólo el silencio de la crítica estadounidense acerca de la producción literaria salvadoreña de la actualidad sino también, y fundamentalmente, la persistencia en la canonización del discurso testimonial. Lara Martínez (1999) orienta su ojo crítico, tanto a la literatura canónica como a aquélla que por mucho tiempo se ha mantenido invisibilizada por los estudios cuya opción preferencial es la literatura de motivo revolucionario.
Hasta el momento este estudioso ha publicado el trabajo más completo sobre la novela salvadoreña en el que abarca autores del período de posguerra. En su estudio sobre lo que llama la nueva novela salvadoreña o la nueva mimesis destaca el carácter autónomo de la novelística salvadoreña que ha abierto un nuevo espacio poético crítico que ha dejado de cumplir funciones pedagógicas o de concientización.
Sus principales propuestas son que como hecho de la escritura la novela ha renunciado al realismo social que caracterizaba el testimonio y que el motivo de la liberación nacional como eje rector teleológico ha dejado de existir. De su estudio pueden identificarse las siguientes características de la novela salvadoreña actual: (1) descripción de la violencia y marginalidad urbana, (2) historicismo (restauración del legado iluminista), (3) renovación del mestizaje americano y (4) un repliegue hacia una esfera más íntima y subjetiva de la reflexión poética.
Lara Martínez (1999) rescata del olvido de la crítica a la novelista Yolanda C. Martínez, una de las precursoras de la literatura femenina en El Salvador y con una producción constante que desnuda el sistema de sumisión de la mujer a la tradición patriarcal.
No obstante el carácter abarcador de este estudio, no agota todas las prácticas escriturales de la posguerra; por lo que su propuesta de caracterización de la novela salvadoreña y su nominación de nueva mimesis debe ser sometida a discusión en el contexto de un corpus más amplio.
Queremos culminar este estado de la cuestión con la referencia a dos de los principales ensayos de Mackenbach: Después de los pos-ismos: ¿desde qué categorías pensamos las literaturas centroamericanas contemporáneas? (s. f.a), y La nueva novela histórica en Nicaragua y Centroamérica (s. f.b). Ambos ensayos contienen una mirada de sospecha con respecto a las tentativas de nominar la literatura centroamericana actual con base en criterios extra-literarios y no en atención al análisis propiamente textual.
En el primero el autor enfatiza la riqueza temática (heterogeneidad) como parte del cambio que se da en la producción de literatura. En cuanto a las clasificaciones actuales de la literatura centroamericana contemporánea, asume una posición crítica. Los acuñamientos literatura posrevolucionaria, posguerra, según el crítico, no son una solución satisfactoria por su carácter extra-literario:
También la clasificación de «posguerra», al igual que «posrevolucionaria», hace abstracción de estas tradiciones, su sobredeterminación por el testimonio y su reaparición en otras circunstancias. Es obvio que estas denominaciones no han llegado a volverse en conceptos que podrían pretender comprender científicamente las literaturas centroamericanas contemporáneas en su diversidad y sus contradicciones. A lo sumo son de naturaleza descriptiva en relación con algunos rasgos comunes de unas obras, sin lugar a dudas importantes –ni más ni menos (Mackenbach, s. f.a).
Además, Mackenbach (s.f.a) piensa que los enfoques centrados en las transformaciones en las estructuras narrativas y las maneras de representación como criterios justificativos de la literatura no han podido demostrarse satisfactoriamente:
Estos autores –en contraposición a Seymour Menton– se han ocupado explícitamente de un análisis de los cambios en las estructuras narrativas y las formas de representación, para justificar su categoría de la literatura de «posguerra», sin embargo, según mi criterio no de manera completamente convincente (Ibíd.).
En el segundo ensayo Mackenbach (s. f.b) ausculta una de las tendencias escriturales en la literatura centroamericana llamada por la crítica nueva novela histórica. En este ensayo el autor establece un diálogo con varios estudiosos del tema, analizando críticamente sus trabajos. Señala que la mayoría de estudios sobre la nueva novela histórica invisibilizan la heterogeneidad y la forma tan diversa en que se da esta práctica escritural, más cercana al post-estructuralismo y al relativismo deconstruccionista.
Esta posición crítica y de sospecha, nos acerca al convencimiento de que las clasificaciones y nominaciones del fenómeno literario actual en Centroamérica no expresan su complejidad concreta, su propio devenir ya que se trata más de un intento de captarlo a pesar de su relación dialéctica (dialógica en palabras de Bajtín) entre la tradición y la ruptura. Así, Mackenbach representa una postura crítica que propone el estudio desde los textos mismos, en su estructura, su variedad temática y estilística admitiendo que éste todavía está lejos de llevarse a cabo.
Reconocemos el carácter polémico de cualquier nombre que pueda dársele a un período literario. Sin embargo, como el mismo Mackenbach (s.f.a) lo sugiere, pensar la literatura salvadoreña actual desde categorías literarias es un trabajo que todavía no se ha hecho. En este punto ya fue expresada nuestra decisión de referir la producción novelística salvadoreña del período que va de 1992 a 2002 como novela de posguerra. Sabemos que se trata de un término un tanto inadecuado y poco preciso desde el punto de vista estrictamente literario. Pero hasta el momento no hemos encontrado otro que sea medianamente más satisfactorio.
Este breve panorama de la crítica literaria nos pone ante un hecho importante en los estudios de la novela salvadoreña: la ficción novelesca atraviesa por un momento de transición y en ella conviven diversas prácticas escriturales que no han sido analizadas en su conjunto. Además de ello no hay un registro historiográfico completo de las novelas salvadoreñas publicadas a partir de los Acuerdos de Paz. Los trabajos que se han podido rastrear, o bien se refieren a obras en particular o a una muestra más general de textos que incluye algunos considerados representativos. Incluso, los trabajos más abarcadores, no obstante sus acertados planteamientos críticos, no establecen de manera fehaciente un sistema que nos permita comprender el fenómeno novelesco de manera más integral.
El énfasis crítico en ciertos textos considerados representativos del período de posguerra ha in visibilizado el otro margen: el de un significativo número de textos novelescos cuyo estudio permitiría un acercamiento más totalizador a la novela salvadoreña en el período de posguerra.
En este orden de ideas, el trabajo que aquí se propone sólo busca llenar una parte del vacío: propone una lectura completa del corpus novelístico como punto de partida para posteriores estudios. Se trata de un trabajo más de historiografía que de crítica, circunscrito a la producción novelística salvadoreña entre los años 1992-2002 que llega a unas cuarenta y una novelas. Esto pasa, en primer lugar por establecer el corpus novelístico del período que se estudia; por la otra, identificar los rasgos distintivos del discurso novelesco.
[1] Ricardo Roque Baldovinos ha explicado de alguna manera las razones de esta predilección en su ensayo La formación del espacio literario en El Salvador en el siglo XIX. Concluye que la poesía circula en las élites como objeto de presunción y como apología de la clase aristocrática. Esta tradición todavía se observa en la primera mitad del siglo XX. Véase http://www.denison.edu/collaborations/istmo/n03/articulos/index.html., en Istmo., No. 3. Consultado en junio de 2004.

[2] Además de estos textos Cortez analiza Trece, de Rafael Menjívar Ochoa; El hombre marcado,
de Álvaro Menéndez Leal y La noche de los escritores asesinos (en Cuentos Sucios, 2001) de Jacinta
Escudos
[3] http://www.itcr.ac.cr/revistacomunicacion/Vol12_2002_Especial/papel_de_la_historia.htm., consultado
en junio de 2005.
[4] Alfredo Espino es el poeta más conocido en El Salvador y el más recitado en la escuela. Sus poemas se destacan por la ternura, el canto a la naturaleza y la desesperación del yo lírico. Su única obra se titula Jícaras tristes.

[5] Los ensayos de Mackenbach son importantes porque abordan la narrativa desde una perspectiva de
sospecha; de crítica a la crítica en su afán de generalizar conclusiones sobre un espacio literario tan
heterogéneo como la narrativa centroamericana y su recurrencia a criterios extra-literarios para
nominarlo.

[6] Nuestro trabajo no aborda la variable calidad estética de la novela salvadoreña de posguerra. Sin embargo, es de anotar que existen varias novelas que tienen una estructura compositiva muy bien lograda. También hay novelas en las cuales se echa de menos un discurso ameno, cautivante y un estilo narrativo bien logrado. Mi punto de vista es que la novela de este periodo no supera a la anterior en cuanto a experimentación artística. Buena parte de las novelas han sido escritas con un estilo periodístico. Se destacan por su estilo depurado, a mi modo de ver, los escritores Waldo Chávez-Velasco, Horacio Castellanos-Moya, Rafael Menjívar, Carlos Castro, Manlio Argueta, Jacinta Escudos, Roberto Castillo, Mauricio Orellana Suárez y Francisco Andrés Escobar.

LAS HUELLAS DEL DELIRIO (CAPITULO TRES)


En investigación literaria la pluralidad de enfoques y métodos, sin soslayar los problemas que de ello se derivan, permite acercarse al texto literario con distintas claves interpretativas. Desde los enfoques tradicionales a los estudios culturales muy en boga en la crítica literaria actual se encuentra una serie de matices que aportan valiosos hallazgos. En lo referente a la novela hay varios estudios dedicados a su historiografía, forma, carácter social y su vinculación con los procesos históricos.
En resumen, encontramos una corriente tradicional ligada a la metafísica, la estilística, el impresionismo, la retórica; una corriente positivista que aísla la obra de su contexto social; también está la corriente marxista que limita la obra a un reflejo de la realidad social restándole importancia, tanto al proceso de elaboración como a la función creativa del autor y la estructura textual. Una de sus variantes, el estructuralismo genético, ha tenido gran aceptación en la crítica salvadoreña. Por otra parte la corriente psicológica en sus versiones freudiana y lacaneana han tenido también influencia en la crítica literaria latinoamericana.

Hacer una exposición exhaustiva de estas aproximaciones teórico-criticas escapa a los objetivos de este trabajo; los interesados pueden consultar autores que han desarrollado esta temática tales como Cabo y Rábade (2006), Pozuelo (1988, 2007), Viñas, 2007) entre otros.
En este marco, el trabajo que aquí se presenta está basado en un planteamiento histórico-sociológico de la literatura y se apoya en algunas categorías de la teoría de Bajtín (1985, 1991, 2003) sobre la novela.

En efecto, el marco de esta investigación tiene en cuenta algunas categorías desarrolladas por Bajtín (1985, 1991, 2003) sobre la novela. Para este teórico el discurso literario es un fenómeno social. Especialmente su planteamiento sobre la relación entre el texto y el contexto permite comprender el permanente e inacabado diálogo de la novela en el que se refractan los imaginarios sociales; de tal manera que toda ficción novelesca, como parte de esos imaginarios, lleva el signo ideológico y el horizonte de expectativas de la época que la engendra expresándolos a través del lenguaje. Efectivamente, Bajtín argumenta que

En cada momento histórico de la vida verbal-ideológica, cada generación (...) tiene su propio lenguaje; es más, cada edad tiene, en lo esencial, su lenguaje, su vocabulario, su sistema específico de acentuación que varían a su vez en función del estrato social, de la clase de enseñanza (...) y, finalmente coexisten en todo momento los lenguajes de las diferentes épocas y períodos de la vida social ideológica (Bajtín, 1991: 108).

El lenguaje es para el autor la única forma de dar cuenta del mundo y sus transformaciones. La única forma de configurar los imaginarios sociales en los cuales el hombre se ve a través de la mirada del otro. Por tal razón, la palabra en la novela juega un papel de crucial importancia para la construcción de la ficción y de la visión del mundo porque reacciona con mucha sensibilidad a los más pequeños cambios y oscilaciones de la vida social (Ibíd.: 117).

De ahí que se vuelva relevante su teoría de los cronotopos para comprender cómo se relacionan el tiempo y el espacio en la ficción novelesca. Para este autor la novela es:

un fenómeno plurilingüístico, plurilingual y plurivocal compuesto por unidades lingüísticas heterogéneas sometidas a diferentes normas estilísticas; una unidad superior subordinante; la diversidad social organizada artísticamente del lenguaje; y a veces, de lenguas y voces individuales (Ibíd.: 80). Su característica esencial es el hombre social hablante (Ibíd.:148-151).

Dada su naturaleza y la íntima ligazón con los procesos sociales, la novela debe concebirse como un género en proceso de constitución; sin estructuras fijas, donde lo fundamental es la palabra del hablante y no el discurso canonizado; de ahí su competencia plástica. La novela como género permite el ingreso de una variada gama de especies discursivas a su estructura ya que utiliza precisamente tales géneros como formas elaboradas de asimilación verbal de la realidad (Bajtin, 1985).

De ahí que Bajtín (1991) destaque los siguientes aspectos relevantes de la novela:

1) Transformación de las coordenadas tiempo-espaciales (cronotopos);

2) El carácter dialógico de la palabra que en el discurso novelesco constituye una polifonía;

3) Especiales estrategias narrativas mediante las cuales el autor incorpora el plurilingüismo;

1) Comportar las tensiones del contexto social a través de la palabra novelesca revelando así aquellos aspectos negados por la palabra autoritaria.

Lo anterior significa que la novela tiene una forma peculiar de asimilación del tiempo y del espacio, o sea, su propio cronotopo que a su vez se convierte en criterio de clasificación. Asimismo la novela es el género privilegiado entre las demás expresiones artísticas por comportar de una manera abierta y plural todas las voces posibles que coexisten en un momento concreto de la vida social; en resumen, pone al escritor ante la posibilidad de incorporar el plurilingüismo a la ficción novelesca mediante estrategias como el discurso de los narradores, el habla de los héroes, los géneros intercalados en una estructura que niega la palabra única y autoritaria (Bajtín, 1991).

Por otra parte, la teoría bajtineana del cronotopo novelesco nos ayuda a comprender ese Gran Diálogo a través del tiempo y del espacio. Definido por Bajtín (1991) como la conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura, el cronotopo une indisolublemente los elementos espaciales y temporales en una totalidad que hace patente la relación del tiempo y del espacio en el movimiento argumental determinando, en buena medida, la imagen del hombre.

Estos planteamientos de Bajtín han sido ampliados y reformulados en muchos aspectos por sus seguidores. Destacados intelectuales como Krysinski, Szegedy-Maszák (véase el libro Teoría Literaria. Siglo XXI Editores. Madrid, España, 1993) y Mitterand (s.f.) se cuentan entre los más notables. En páginas posteriores (Capítulo 5, pp. 117) se expondrá con más detalle lo relacionado con la teoría de los cronotopos.

Ahora bien, nuestra perspectiva asume que la novela salvadoreña del período de posguerra da cuenta de las transformaciones sociales en un período histórico de transición entre la guerra y la paz. De tal manera que recrea este escenario con una especie de realismo que muestra las contradicciones y los desafíos que la sociedad salvadoreña debe enfrentar en un ambiente de desencanto y violencia. Se trata, entonces, de una práctica escritural heterogénea en donde conviven corrientes estéticas, estilos diversos y una temática variada que no pueden reducirse a unos cuantos rasgos. A pesar de ello, parece que hay algunas tendencias estéticas que dominan el espacio narrativo.


MARCO METODOLÓGICO

El trabajo de investigación que se llevó a cabo se trató de un estudio descriptivo-interpretativo que buscaba identificar algunas características generales de la novela salvadoreña en el período de posguerra (1992-2002), así como establecer el corpus de novelas publicadas durante el mismo a través de un método cualitativo de estudio de caso que requirió la utilización de tres estrategias de investigación: la entrevista abierta, investigación documental (bibliográfica y hemerográfica) y el comentario de textos.

El proyecto de investigación se desarrolló en tres fases: (1) fase de consulta bibliográfica y construcción del marco de referencia, (2) trabajo de campo y elaboración de corpus textual, (3) análisis de datos e interpretación de resultados.

Consulta bibliográfica y construcción del marco de referencia. En esta fase se identificaron las fuentes documentales y se procedió a elaborar un inventario del material que trataba algún tópico relacionado con la literatura salvadoreña, especialmente con la novela en el período de posguerra. Posteriormente se seleccionó el material pertinente para construir el marco de referencia de la investigación. El material seleccionado fue estudiado, clasificado y luego se elaboró una sistematización que facilitó la redacción del marco de referencia.
Trabajo de campo y elaboración de corpus textual. Luego de haber sistematizado la información y de tener un avance del marco de referencia se pasó a la fase de campo. En esta fase se aplicaron cinco entrevistas y se elaboró el corpus de novelas del período de posguerra. Algunas novelas se identificaron en las casas editoriales; otras en librerías y unas pocas en el Sistema Bibliotecario de la Universidad de El Salvador y la Biblioteca Nacional.

En esta fase se grabaron las entrevistas en un aparato magnetofónico y se transcribieron. Simultáneamente se conformó un cuadro de novelas del período de posguerra a partir de la información obtenida de las entrevistas y de la consulta bibliográfica. Este cuadro se actualizó a medida que se identificaban nuevos textos.

Las entrevistas se hicieron con el propósito de obtener información sobre algunas características de la cultura y la literatura en el período de posguerra; asimismo, se buscaba establecer algunas tendencias estéticas presentes en la novela durante este período y los cambios de perspectiva en la recepción de este género.

A partir de la información bibliográfica (fase 1) y de las entrevistas se logró elaborar el corpus de novelas escritas entre 1992 y 2002 lo cual facilitó su búsqueda y ubicación.
Análisis de datos e interpretación de resultados. Los datos obtenidos fueron tratados mediante el método de análisis de contenido de tipo cualitativo. En investigación literaria este método permite analizar la información a través de un conjunto de categorías previamente establecidas según los objetivos y preguntas de investigación. Esto permitió trabajar con la información de la siguiente manera: se leyeron todas las novelas del corpus y luego se procedió a la selección de una muestra intencional de las novelas más representativas del período para aplicarles una guía de análisis (véase selección de unidades de análisis). Para la realización del análisis de las obras se establecieron cinco categorías básicas: (1) características propias de cada texto; (2) características compartidas por los textos, (3) temática tratada, (4) tendencia estética predominante y (5) los tiempos y lugares de la acción narrativa (cronotopos).

En cuanto a la información de las entrevistas, de libros y de artículos analizados, se agregaron a estas categorías otras tres: (1) tradiciones estéticas presentes en la novela salvadoreña de posguerra; (2) características de la recepción de la novela de posguerra y (3) los principales cambios en la ficción novelesca en el período de posguerra.

De tal manera que se elaboró una matriz de ocho categorías, con la cual se procedió a analizar los datos obtenidos (figura 1).




Figura 1: Categorías básicas de análisis
Tiempos y lugares de la acción narrativa
Características de
cada texto
Características comunes
de los textos
Temática tratada
Tendencia estética predominante

Novela de posguerra
Tradiciones estéticas
Características de recepción
Cambios en la ficción

Estrategias de investigación

Como suele suceder en la investigación literaria, uno de los problemas difíciles de obviar es el de la riqueza semántica de los términos utilizados. Esta riqueza conduce muchas veces a la confusión de categorías y a patrones de clasificación de constructos generalmente insatisfactorios. Tal situación tiene que ver, por una parte, con la pluralidad de enfoques existentes sobre el fenómeno literario; por otra, con las tradiciones de investigación.

Pero ello no es exclusivo de la investigación literaria. Lo mismo ocurre en toda investigación social. Tal como puede corroborarse en cuanto a las herramientas de investigación, no existe acuerdo sobre cómo denominarlas. En este sentido, para Orti (1989) se trata de técnicas de investigación; para otros como Babbie (2000) son métodos, pero hay quienes (Cea, 2001) les llaman estrategias de investigación. Consideramos que esta última denominación es más abarcadora por cuanto incluye el conjunto de procedimientos específicos que se efectúan dentro del mismo momento de diseño técnico, aplicación del instrumento y procesamiento de la información.

En este sentido en el trabajo de investigación que se reporta en este informe se utilizaron tres estrategias de investigación: (1) investigación documental (bibliográfica y hemerográfica), (2) entrevista abierta y (3) análisis y comentario de textos.

Investigación documental (bibliográfica y hemerográfica. La estrategia de investigación documental permite analizar documentos escritos de distinta naturaleza relacionados con el problema de investigación. Dentro de una tipología bastante variada, Tena y Rivas-Torres (1995) establecen seis clases de técnicas de investigación documental: (1) bibliográfica, (2) hemerográfica, (3) audiográfica, (4) viedeográfica, (5) iconográfica y (6) análisis de contenido.
Las técnicas que se refieren exclusivamente a la búsqueda de información en documentos escritos son la bibliográfica y la hemerográfica; éstas permiten capturar la información relevante para reconstruir el contexto y la génesis del objeto de investigación, al mismo tiempo que hacen posible el análisis comparativo y la permanente actualización del marco teórico. Tienen la ventaja de que permiten el acceso a la información empírica secundaria (Rojas-Soriano, 2000), es decir, aquella información que no proviene de las manifestaciones verbales de los sujetos.

Entrevista abierta. En términos generales la entrevista es una estrategia de investigación que permite adquirir conocimientos sobre la vida social a través de relatos verbales de los individuos. Esta técnica proviene de la tradición cualitativa y se caracteriza por su flexibilidad y dinamismo (Taylor & Bogdan, 1996). De los diferentes tipos de entrevista que existen se destaca la entrevista abierta; se trata de una estrategia de investigación cualitativa caracterizada por uno o más encuentros cara a cara y en condiciones de igualdad entre entrevistador y entrevistado. Para kerlinger & Lee (s.f.) este tipo de entrevista es útil para realizar estudios exploratorios.

Según Babbie (2000) en la entrevista cualitativa se produce una relación entre un entrevistador que tiene un plan general de investigación, y un entrevistado. El mismo autor sugiere que este tipo de técnica no es un conjunto de preguntas pre-elaboradas sino más bien una búsqueda de información siguiendo los temas que suscita el entrevistado.
En el mismo sentido Kvale (1996) señala que este tipo de entrevista puede contener sólo unos tópicos que serán cubiertos o una secuencia detallada y cuidadosa de tópicos. Puede ser evaluada en una dimensión temática y en una dinámica. Lo primero, atendiendo a su relevancia para el tema de investigación; lo segundo, a la relación interpersonal en la entrevista. El autor aconseja preparar una guía de entrevista.

Análisis y comentario de textos. El análisis y comentario de textos es una técnica que se puede utilizar para analizar tanto textos argumentativos como textos literarios. Cao (1998) plantea una diferencia entre análisis de textos y comentario de textos. Por análisis entiende el desmontaje de los distintos componentes de un texto los cuales pueden ser presentados en matrices, cuadros o esquemas, entre otros medios. Y por comentario entiende la construcción de un texto a partir de otro. Con ello quiere decir que en el comentario culmina todo el proceso de lectura y de elaboración propia del sentido de un texto leído. Desde nuestra perspectiva, tanto el análisis como el comentario son dos estrategias factibles de aplicarse en un proceso de lectura puesto que para comentar es necesario analizar un texto. Por ello es que se propone como una estrategia de investigación, si se quiere, de lectura de los textos seleccionados.

Para el desarrollo de las estrategias antes señaladas se utilizaron los siguientes instrumentos: para la investigación documental se utilizaron tres tipos de fichas (bibliográfica, resumen y textual). Para la entrevista abierta se utilizó el protocolo de entrevista el cual consistió en la elaboración de una guía de entrevista con los tópicos de interés del investigador la cual sirvió como guía de entrevista. Para el análisis y comentario de textos se elaboró una guía de trabajo que contenía las categorías de análisis definidas previamente.
Selección de unidades de análisis

Para el desarrollo de la investigación se seleccionaron dos tipos de unidades de análisis: los informantes y los textos (novelas).Para la selección de los informantes se establecieron los siguientes criterios: (1) dominio del tópico, (2) conocimiento de la literatura salvadoreña y el contexto de producción y recepción y (3) experiencia en producción textual. En cuanto al dominio del tópico, se buscó que los informantes conocieran el género novela y sobre teoría literaria. En lo referido al conocimiento de la literatura salvadoreña se buscó que los sujetos tuviesen algún conocimiento específico sobre la novela salvadoreña en el período de posguerra. Y en lo que respecta a experiencia en producción textual se estableció como criterio que los sujetos informantes hubiesen publicado por lo menos un artículo científico sobre literatura salvadoreña en alguna revista nacional o internacional o que hubiesen publicado por lo menos una novela en El Salvador entre 1992 y 2002. Con base en estos criterios se seleccionaron cinco informantes: un crítico literario, un crítico-escritor, y tres escritores.

Durante la fase de elaboración del corpus textual se rastrearon las novelas publicadas en El Salvador entre 1992 y 2002. Para hacer manejable la información, previa lectura de todas las novelas identificadas, se decidió seleccionar una muestra intencional de diez novelas con base en los siguientes criterios: (1) distribución en el tiempo, (2) diversidad temática y (3) diversidad de tendencias estéticas.

El criterio distribución en el tiempo permitió seleccionar obras publicadas por primera vez en diferentes años entre 1992 y 2002, para garantizar cierta representatividad en el tiempo. El criterio diversidad temática hizo posible seleccionar novelas que trataran diferentes temas y motivos narrativos. Y el criterio diversidad de tendencias estéticas buscaba que las obras seleccionadas tuvieran cierta representatividad de las tendencias de la novela en el período de posguerra. Con base en estos criterios se seleccionaron diez novelas para análisis y comentario.

LAS HUELLAS DEL DELIRIO (CAPITULO DOS)



Con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, tal como se ha sostenido, se inicia un período de transición política y de transformaciones institucionales sin precedentes en la historia de El Salvador. El Conflicto armado salvadoreño que surgió como producto de la crisis política, el cierre de los pocos espacios democráticos y la inviabilidad del Estado de Derecho, repercutió profundamente en todos los ámbitos de la vida social. Tanto el curso del desarrollo como el final de este conflicto constituyen fenómenos insólitos que pusieron al país ante desafíos dignos de un amplio ejercicio de creatividad.
En efecto, los Acuerdos de Paz inauguran un período contradictorio de transición democrática que se caracteriza principalmente por la inestabilidad y la cultura de violencia. En esta etapa que llamamos en este trabajo posguerra se desarrolla también un proceso de cambios prometedores en las instituciones jurídicas y políticas que repercuten en el complejo marco de las relaciones sociales y las prácticas culturales que tienen lugar en la vida cotidiana. Paralelamente a las transformaciones positivas se agudiza la crisis económica, la exclusión social, la delincuencia y una creciente percepción de desaliento ante las necesidades no satisfechas de distintos sectores.
Por otra parte, en el ámbito de la literatura, la posguerra tiene un impacto transformativo de trascendencia, pues se produce una confluencia de tendencias estéticas y valores que vienen a formar parte del nuevo espacio literario. En el terreno de la novela salvadoreña esta transformación se ve alimentada por la confluencia de por lo menos cuatro experiencias escriturales:

1) Escritores que vuelven de largos exilios con la expectativa de encontrar un espacio para la producción y publicación de su obra;

2) Escritores que vivieron en el país durante el conflicto armado dedicados a escribir y publicar otros géneros como la poesía y el cuento, pero después de los Acuerdos deciden aprovechar el nuevo espacio narrativo y escriben novelas;

3) Se conforma una generación de escritores literariamente jóvenes que publican sus primeras obras después de los Acuerdos y en las cuales se encontrará un trasfondo de la nueva situación aunque matizado con la rememoración del conflicto; y

4) Escritores radicados en otros países pero que publican sus novelas en El Salvador.

Temáticamente la novela de posguerra, en su conjunto, expresa la nueva situación social e histórica en un espacio narrativo que poco a poco se distingue del carácter testimonial e ideológico de las experiencias escriturales inmediatamente anteriores (la literatura de la guerra) aunque sin perder por ello su tendencia hacia el realismo, ahora, con un matiz de desencanto.
Por otra parte, la vida urbana y urbano-marginal desplaza al campo como espacio vital en el desarrollo de la acción narrativa. Este desplazamiento permite ficcionalizar a los personajes típicos de la nueva situación social que se mueven en el caos moderno de la ciudad en donde el paisaje deviene trasfondo, evocación nostálgica y desesperada en el movimiento argumental. Los personajes de la novela de posguerra tienen un perfil poco frecuente en la novelística anterior ya que se trata de desmovilizados, exiliados, prostitutas, delincuentes, personajes históricos cuya vida privada se hace pública y personajes mediáticos hechos a la medida de la comunicación de masas. Lo mismo ocurre con los temas y lugares que experimentaron un proceso de resignificación.

Estas transformaciones son la síntesis de un intento de ruptura estética con lo referencial; una búsqueda de nuevos medios y motivos de expresión novelesca que supone un cambio de la relación texto-contexto. Al texto ya no se le impone la fuerza de la militancia ni el poder de la censura porque el contexto ha cambiado y ha cambiado también el horizonte de expectativas. En otras palabras, la realidad sugiere nuevos temas y nuevos motivos como material para la creación literaria.

Ciertamente, varios estudios ya han sugerido algunas de estas transformaciones. Sin embargo creemos necesario hacer un acercamiento panorámico a la novela salvadoreña en el período de posguerra como punto de partida para el estudio de este género.

Las principales razones por las que se propuso un problema con este nivel de generalidad son, en primer lugar, la falta en la crítica actual, de un acercamiento panorámico al género que permitiera conocer y valorar en conjunto la producción novelística durante el período de posguerra; en segundo lugar, la existencia de una considerable cantidad de estudios específicos que, a pesar de su rigurosidad y relevancia, no abarcan las diferentes tendencias que sigue la novela salvadoreña en el período de posguerra y por lo tanto no da cuenta suficientemente de la diversidad de temas y motivos recurrentes de dicho género.

Con el término novela salvadoreña de posguerra entendemos la producción novelística de escritores salvadoreños de entre los años 1992 y 2002 que ha sido publicada en el país en el transcurso de dicho período. Nos decidimos por este calificativo dado que hasta el momento no hay una denominación basada en criterios estrictamente literarios que sea satisfactoria (Véase la crítica de Mackenbach, s. f.a).

A partir de lo anteriormente planteado se formulan las siguientes preguntas de investigación: (1) ¿hay evidencia de algunas tendencias y rasgos estéticos predominantes en la novela salvadoreña del período de posguerra? (2) ¿puede establecerse un corpus de novelas publicadas en El Salvador entre 1992 y 2002? y (3) ¿cuáles son algunos temas, motivos y lugares recurrentes en la producción novelística del período de posguerra?

1) Identificar algunas tendencias y rasgos estéticos predominantes de la novela salvadoreña del período de posguerra;
2) Elaborar el corpus de novelas publicadas en El Salvador durante el período de posguerra (1992-2002);
3) Identificar algunos temas, motivos y lugares recurrentes en la producción novelística del período de posguerra.

La crítica literaria no se ha ocupado con la profundidad y constancia que debiera, del fenómeno de la novela de posguerra en El Salvador. De hecho en el país hay una evidente carencia de estudios sobre la novela salvadoreña que permitan comprender su desarrollo histórico y las tradiciones que han alimentado la producción textual en este género. Ciertamente, la novela salvadoreña tiene una historia corta y no ha sido el género literario favorito de los escritores. Si nos atenemos a los pocos estudios existentes, nos daremos cuenta que las publicaciones han sido escasas y los trabajos críticos del género son todavía más escasos.
En lo referido específicamente a novelistas del período de posguerra se encuentran pocas referencias. Varios de los trabajos realizados constituyen acercamientos a obras específicas pero no consideran el contexto literario y, por lo tanto, no dan una idea de conjunto sobre la novela salvadoreña.

Los trabajos más destacados sobre algunos novelistas de posguerra son los de Lara-Martínez (1999) quien echa de menos no sólo el silencio de la crítica literaria estadounidense acerca de la producción literaria salvadoreña de la actualidad, sino también, y fundamentalmente, su persistencia en la canonización del discurso testimonial. Lara-Martínez orienta su crítica hacia la canonización de ciertos textos literarios y a la consecuente invisibilización de otros cuya tendencia estética se aparta de las tendencias (testimoniales) preferidas por dicha crítica.
Este autor ha publicado el trabajo más completo sobre la novela salvadoreña en el período de posguerra. En su estudio sobre la que llama nueva novela salvadoreña o nueva mimesis destaca el carácter autónomo de la novelística salvadoreña que ha abierto un nuevo espacio poético crítico que ha dejado de cumplir funciones pedagógicas o de concientización. Vista así, la novela como hecho de la escritura ha renunciado al realismo social que caracterizaba el testimonio y el motivo de la liberación nacional como eje rector teleológico ha dejado de existir.
Lara-Martínez (1999) propone por lo menos cuatro características de la novela de posguerra: (1) descripción de la violencia y marginalidad urbana, (2) historicismo (restauración del legado iluminista), (3) renovación del mestizaje americano y (4), un repliegue hacia una esfera más intima y subjetiva de la reflexión poética.

No obstante el carácter abarcador del estudio, no se podrían generalizar estas características a toda la producción novelística del período de posguerra sin someter a prueba estos conceptos en el contexto de un corpus más amplio y variado de novelas, algo que hasta el momento no se ha hecho.
En resumen, según la literatura revisada se han podido identificar las siguientes tendencias críticas de la literatura salvadoreña:

1) Estudios críticos de una sola novela de autor salvadoreño (Carballo, 2003; Cortez, s. f.b; Fallas, s. f; Hernández, 1995a, 1995b, 2001; Molina, 1997, 1998).

2) Estudios críticos sobre tendencias estéticas determinadas que abarcan a autores centroamericanos y cuyas conclusiones tienen pretensión de generalización (Cortez, s. f.b; Candelario, s.f.; Ortiz-Wallner, s.f.)

3) Estudios comparativos de la novela salvadoreña con un corpus textual relativamente amplio y diverso (Lara-Martínez, 1999).

4) Comentarios, reseñas editoriales, y diccionarios de autores (Aguilar, 2004; Cañas-Dinarte, 2002).

A nuestro modo de ver, las conclusiones de tales estudios, sin embargo, no abarcan la heterogeneidad temática de la novela salvadoreña en el período de posguerra; tampoco permiten identificar la temática recurrente y la forma en que aparecen los nuevos personajes típicos de una novela que se escribe desde un trasfondo de violencia, incertidumbre, desencanto y destrucción del medioambiente.

Se puede decir, entonces, que no se han hecho suficientes estudios sobre la novela salvadoreña de posguerra; que es necesario contar con un corpus textual tan completo como sea posible y que se necesita un estudio exploratorio sobre posibles tendencias y rasgos predominantes y posibles temas y motivos novelescos. Asimismo se requiere sistematizar el corpus textual de la novela salvadoreña del período de posguerra como paso previo a estudios más específicos. Por ello se justifica este trabajo de aproximación al género.

La relación entre novela y conflicto social no es nueva en El Salvador. De hecho, la literatura salvadoreña en general registra los más diversos acontecimientos históricos que han constituido el devenir de la sociedad. De tal manera que desde la novela costumbrista hasta la novela de posguerra se incorpora a la ficción narrativa una veta de realismo como constante.
Ciertamente, en la novela de finales de los sesenta y principios de los setenta las tensiones sociales y la conflictividad política se ven expresadas de manera clara en las obras más representativas. Escobar-Galindo, (1995), Gallegos-Valdés (1996) y Arias (1998) entre otros, nos dan una idea del panorama de la narrativa y los debates asociados al género novela en esta década. En Gallegos-Valdés y Arias se encuentran referencias a obras como Cenizas de Izalco (Alegría, 1997), El Valle de las Hamacas (Argueta, 1969), Una Grieta en el Agua (Escobar-Galindo, 1971), Caperucita en la Zona Roja, (Argueta, 1969), Pobrecito Poeta que era yo (Dalton, 1976) y Un Día en la Vida (Argueta, 1980) entre otras, como novelas que revelan la situación social como un motivo recurrente.

Cenizas de Izalco (Alegría, 1997) representa una transformación literaria que supera el realismo de la década de los sesenta y permite comprender la transición de la narrativa centroamericana que experimenta, a partir de entonces, no sólo una transformación temática y simbólica sino también de género: inaugura el desplazamiento de la poesía por la novela como género dominante (Arias, 1998).

Por su parte, Un Día el la Vida (Argueta, 1980) anuncia el carácter testimonial que tendrá la novela de los ochenta. Ésta es una novela de entronque entre dos períodos históricos: el de represión política y el de la guerra. Con esta obra se cierra un ciclo de la ficción novelesca previo a la guerra y toma fuerza lo testimonial como estrategia para expresar literariamente el drama del país. Esta tendencia testimonial tematiza el escenario de guerra, sus efectos colaterales y la ruptura del sistema de valores de la sociedad salvadoreña sometida a la represión, el terrorismo de Estado, el miedo y la violencia en todas sus expresiones; temas que serán el referente estético del período. Demás está decir que en este contexto específico el testimonio es una literatura de resistencia en la que se encarnan los ideales de la revolución.

A pesar de estas manifestaciones de vigor novelesco, este género entra en una franca decadencia durante la guerra debido, entre otras cosas, al exilio de los escritores, su militancia política, la necesidad de denunciar lo que ocurre en el país, la censura y en algunos casos la incorporación directa al movimiento revolucionario. Esta ruptura del género novelesco hace difícil fundar una tradición. De hecho, durante el conflicto hubo pocas publicaciones y una recepción bastante limitada, salvo el caso de algunas novelas avaladas o permitidas por el oficialismo y de otras que se publicaron en el extranjero y circularon en el país de forma semiclandestina.
Entre algunas obras de este período que se conocen podemos mencionar (Cañas-Dinarte, 2002; Gallegos Valdés, 1996): Álbum Familiar, (Alegría, 1982), No me agarran viva. La mujer salvadoreña en la lucha (Alegría, 1983), Dolor de Patria (Quezada, 1983). La Diáspora (Castellanos-Moya, 1989); Historia del Traidor de Nunca Jamás (Menjívar, 1985), una trilogía de novelas de José Roberto Cea compuesta por Ninel se fue a la Guerra (1990); Dime con Quién Andas y... (1989) y En este Paisito nos Tocó y no me Corro (1989); y dos novelas de Rodrigo Ezequiel Montejo: El Crimen del Parque Bolívar y La rebelión de Anastasio Aquino (1989). Desde el frente de guerra propiamente dicho, hasta donde sabemos, no se escribe novela; únicamente poesía, testimonio y cuento.

En su conjunto, estas novelas recrean la situación de guerra que no sólo sacude de súbito el tejido social sino también transforma profundamente las prácticas culturales y los imaginarios sociales. En este sentido la ficción novelesca arrastra las huellas de la pelea; nos muestra lo descarnado del conflicto y lo profundo de la división social.

Desde el punto de vista de la creación literaria esta división se manifiesta en las dos tendencias predominantes: por una parte está la narrativa de compromiso que engendra una obra subversiva; por otra, la literatura ligada a los círculos oficiales. En el primer caso el escritor, desde su militancia (física o espiritual), tiene como motivos recurrentes los acontecimientos asociados al horror de la violencia estatal, la organización revolucionaria de las masas (conducida por grupos de clase media y, excepcionalmente, obrera) y la gran utopía de construir el nuevo hombre. Por el lado del canon oficial, la creación literaria se corresponde con un proyecto estético esencialista y de evasión.

Este diálogo entre quienes propugnan por una estética basada en el compromiso y quienes defienden la estética desligada del hacer político e ideológico dominará el debate en torno a la forma de hacer novela (literatura en general) en un contexto de guerra. Sin embargo, a partir de 1986 aproximadamente, toma ímpetu otra línea estética que más tarde conformará una literatura de disidencia que rechaza la censura de izquierda y se convierte en una forma de denuncia de los excesos y errores dentro de las organizaciones revolucionarias. Esta tendencia se rebela contra la literatura partisana y anticipa así el carácter desenfadado de la novela de posguerra.

En efecto, la narrativa disidente que se propone deconstruir el mito guerrillero como ideal de nuevo hombre se inicia con dos trabajos de Castellanos-Moya; uno de relatos - de qué signo es usted Doña Berta (1981) - y su primera novela - La Diáspora (1989) - obras que develan las prácticas autoritarias, criminales y conspirativas al interior de las estructuras de la izquierda. Castellanos-Moya mantiene una misma línea narrativa en todos sus trabajos de narrativa durante la década de los ochenta pero su obra se da a conocer con mayor éxito a partir de la década de los noventa.

Otra novela que sigue en línea similar es Historia del Traidor de Nunca jamás (Menjívar, 1885) en la cual el autor se decanta por un formato cercano a la novela negra aunque deja entrever una especie de moraleja revolucionaria para quien se decide por la traición.
Por otra parte, hay también líneas estéticas marginales como la novela intimista de Yolanda C. Martínez quien escribe desde la década de los sesenta novelas que exaltan el amor y la soledad en un contexto de violencia.

Sin embargo, puede decirse, en términos generales, que entre las décadas de los sesenta y los ochenta el principio estético del compromiso acusa mayor presencia en el espacio poético-narrativo salvadoreño. En efecto, la llamada Generación Comprometida constituye un intento de fundar una tradición bajo el emblema del escritor comprometido. Su manifiesto señala que el escritor como conducta moral está obligado a escribir como piensa y a vivir como escribe debido a que tiene un compromiso con el pueblo y sus luchas liberadoras; en definitiva, tiene un compromiso con la revolución (Arias, 1998). Este principio expresa la utopía de la construcción de un nuevo sujeto histórico en el país: el sujeto revolucionario.

Seguramente por sus características fundacionales, su importancia literaria pero también por sus implicaciones políticas, la Generación Comprometida ha merecido la atención de algunos estudiosos de la literatura salvadoreña y también varias interpretaciones de sus visiones estéticas (Véanse Cea, 2002; Melgar-Brizuela, 2006).
Como ya se dijo, el principio del compromiso es la guía de acción de la Generación Comprometida, principal referente de la poética de compromiso. Aunque esta generación produce pocas novelas[1] pocos dudan de su importancia en la historia literaria salvadoreña.
Por otro lado, la escasa producción novelística durante la década de los ochenta se explica en parte, por el fenómeno de la censura de la ficción novelesca establecida por la situación de guerra que obliga a la transitividad, al militantismo del escritor; y en parte, por la necesidad de registrar la brutalidad de un conflicto que cobra la vida de miles de inocentes y dar testimonio de estas atrocidades ante los ojos del mundo. En tal sentido la literatura es un acto subversivo, testimonial y al mismo tiempo una herramienta de desenmascaramiento.

Después de los Acuerdos de Paz el escritor gana en libertad de creación y la novela se convierte en la palabra crítica que, desde miradas diferentes pero desembarazada de sus ataduras ideológicas o militantes, expresa la incertidumbre de la transición.
El escenario hasta aquí descrito resume, bastante esquemáticamente, un delicado período de transición en la historia de nuestro país y la forma en que la ficción novelesca se apropia de de éste como material narrativo.
A partir de los noventa la novela experimenta un giro y un resurgimiento significativo que se caracteriza por la coexistencia de propuestas y estilos narrativos que escapan a toda clasificación dogmática. Nuevos personajes y nuevas historias surgen, pero su existencia está marcada por el pasado y por el presente reales dentro de una nueva transición política del país. En esta nueva mimesis se destaca el recorrido vital como estrategia narrativa y como alegoría de una búsqueda de identidad social en un territorio, valga decirlo, marcadamente centroamericano que sirve de escenario a la acción narrativa. Lugares de convergencia, de tránsito, de crisis y de muerte caracterizan la acción argumental. El sujeto social que en ella aparece está imbuido en un mundo fragmentado y contradictorio; en una sociedad que lo subsume irremediablemente.

A pesar de ello, esta novela mantiene una clara conexión con la guerra; su argumento, la imagen del hombre y el sentido de la historia no podrían entenderse al margen del conflicto. La guerra como intertexto se convierte en el trasfondo que se devela en el relato, ya sea en forma de recuerdo o en forma de experimentación. Es cierto que hay una liberación de los antiguos cánones creativos y que las propuestas temáticas van desde lo erótico hasta la tradición popular como la leyenda, el caso y el mito en los cuales conviven polémicamente el campo y la ciudad. También es cierto que los temas son tratados con ironía, escepticismo, con cierto desencanto y a veces con una marcada angustia existencial. Pero la guerra está como punto de referencia de la actividad narrativa.

[1] Es sugerente que sólo tres de sus militantes hayan publicado novelas en la víspera (Roque Dalton, Manlio Argueta) y durante la guerra (José Roberto Cea) y que otros hayan hecho su incursión en el género hasta en la posguerra. Por ejemplo El Asma de Leviatán (Armijo, 1992), Lujuria Tropical (Quijada, 1996) y Ciudad sin Memoria (Canales, 1996) se escriben hasta después de los Acuerdos de Paz.